Rampa, ¿Dónde estás?: el Mercado Central y su odisea por ser accesible

16 enero, 2026
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Tras la caída de un cliente en las escaleras del Mercado Central, las alarmas vuelven a sonar. El histórico edificio sigue sin adaptarse del todo a quienes más lo necesitan, y las promesas de accesibilidad parecen, como siempre, quedarse en la escalera… del olvido.


El mercado de todos… menos de todos

Lo pintan como el corazón palpitante de la ciudad. El punto donde lo tradicional se funde con la vida urbana. Un lugar donde se compra con el oído, el olfato y el tacto. Pero si eres mayor, usas silla de ruedas, llevas un carrito con ruedas rebeldes o simplemente no tienes la agilidad de un acróbata olímpico, el Mercado Central de Valencia puede convertirse en una auténtica trampa.

Este fin de semana, otro cliente lo confirmó por las malas. Mientras descendía por las escaleras de la entrada principal (sí, esa que lleva años sin rampa), el carro de la compra le jugó una mala pasada y acabó en el suelo. Él, y la compra también. Porque a falta de accesos, la gravedad hace su trabajo.

Lo grave no fue la caída en sí (no hubo heridos de consideración, por suerte), sino lo que simboliza: un problema tan viejo como ignorado, que ni los adoquines modernistas logran disimular.


Accesibilidad: el eterno pendiente del centro de Valencia

Y es que a estas alturas, tener un acceso adaptado no debería ser una petición extraordinaria, sino un estándar. Pero claro, aquí entramos en el eterno debate valenciano: ¿cómo se le mete mano a un edificio protegido sin que salten las alarmas del patrimonio?

Porque claro, no se puede romper la estética. No se puede alterar el legado. No se puede mover una piedra sin que aparezca un arqueólogo. Pero mientras tanto, sí se pueden seguir cayendo vecinos. Curioso, ¿verdad?

La Asociación La Cotorra, que ya parece tener plaza fija en cualquier discusión municipal, ha vuelto a levantar la voz. Denuncian que las escaleras son “un obstáculo insalvable” (cita textual y bastante acertada) y exigen, una vez más, una rampa. No un puente colgante, no un ascensor panorámico, no una obra faraónica. Solo una rampa. Lo básico.


Pero claro, ¿quién necesita una rampa cuando tienes cerámica?

El Mercado Central no es solo un sitio para comprar bacalao y alcachofas de temporada. Es también un símbolo. Un lugar donde el patrimonio parece pesar más que la funcionalidad. Un escenario para fotos, documentales, influencers… pero no siempre para la vida real.

Y mientras se protege la estética modernista y los vitrales como si fueran huevos de Fabergé, lo práctico queda relegado. Como si poner una rampa fuera un atentado contra la historia. Pero ojo, si esa historia hace que la gente se rompa la crisma, igual habría que repensarla, ¿no?


Más que una rampa: un proyecto de mejora integral

Pero no todo queda en el desnivel de la entrada. La Cotorra también ha propuesto algo que muchos habrán pensado pero pocos han dicho en voz alta: ampliar los servicios del Mercado Central para hacerlo más humano, más seguro y más moderno (sin perder lo viejo, tranquilos puristas del ladrillo).

Entre las ideas están:

  • Un punto de atención sanitaria: para primeros auxilios, mareos inesperados, o simplemente para tener a alguien a quien acudir si alguien sufre un susto.
  • Una ludoteca infantil: porque hacer la compra con un niño pequeño puede ser una experiencia cercana al desbordamiento mental, y no todos pueden tirar de abuelos.

¿Suena bien? Sí. ¿Es caro? No tanto. ¿Lo harán? Vaya usted a saber.


El silencio institucional: la otra constante del Mercado

Como era de esperar, el Ayuntamiento de Valencia todavía no ha dado una respuesta clara. Ni sobre la rampa, ni sobre la ludoteca, ni sobre el punto sanitario. Solo se sabe que “se están valorando opciones”, esa frase comodín que traduce más o menos a: “Lo hemos leído, pero ya veremos”.

Mientras tanto, las soluciones improvisadas —como acceder por puertas secundarias o buscar ayuda para cargar carros escaleras abajo— siguen siendo el parche. Porque Valencia es muy de parches. De los bonitos, eso sí. Que no falte el mosaico.


Porque todos merecen entrar… sin dejarse la cadera

Más allá del estilo, de la historia o de los escudos de piedra, el Mercado Central debería ser de todos. Y cuando decimos “todos”, hablamos de verdad: personas mayores, con movilidad reducida, con carritos, con niños, con muletas, con días malos o con ganas de no hacer parkour para comprar tomates.

Cada vez que alguien tropieza ahí, la ciudad entera tropieza con él. No solo por el golpe físico, sino porque queda claro que la accesibilidad sigue siendo un detalle de último minuto. Un “ya lo haremos”. Un “espera que esto es complicado”.

Pero, ¿de verdad lo es tanto?


¿Hasta cuándo ignorar lo evidente?

Nos encanta presumir de ciudad moderna, sostenible, abierta. Pero a veces basta con mirar una escalera —y ver cómo alguien cae por ella— para darse cuenta de que aún queda mucho por hacer.


¿Es posible conservar el alma del Mercado Central sin condenarlo al inmovilismo?

¿O seguiremos dejando que la accesibilidad sea solo para quienes no la necesitan?

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